Monstruos
Era tarde. Muy tarde. No sabía exactamente cómo de tarde era, porque se negaba a mirar al reloj: no entraba en su ángulo de visión, ese ángulo de visión que le proporcionaba la pequeña rendija que se había construido entre las sábanas y la almohada. Y ahí, acurrucado y moviendo enloquecidamente de un lado a otro los ojos sin permitir contracción alguna de un músculo diferente, permanecería toda la noche.
Pero el día llegaría. Oh, claro que llegaría, y en ese momento tendría que enfrentarse definitivamente a ellos, porque estaban por todos lados siempre que miraba por la ventana: esos monstruos…tan horrendos…tan…¡NO! No debía pensar en ello…eso solo haría que la noche pareciera más larga. Y lo último que quería era una noche larga. Después de tantos días sin dormir. Echaba de menos aquellos días en los que su madre se acercaba a él y le decía en el tono de voz más suave imaginable que durmiera bien, que hasta mañana. Y los días anteriores a sus cumpleaños le decía que ya era más mayor, y que un día sería un hombre.
Siempre maldecía el día en que llegó a la mayoría de edad. El ser adulto le abrió los ojos, sí. Dejó de ver los monstruos que veían los niños, pero empezó a ver los otros. Al principio no les temía, pero unos años más tarde su terror dejó KO sus ganas de dormir. Sólo quería estar alerta. Y evitar que le atraparan. Cada día en la gran ciudad era una aventura que no tenía final triste ni feliz, simplemente no tenía final.
Despuntó el alba. Todavía maldecía ese cumpleaños. Se levantó cuidadosamente y se puso sus zapatillas. Se lavó la cara, desayunó y se cepilló los dientes (siempre alerta). Se puso el traje: primero los pantalones, la camisa, la corbata, los zapatos, todo perfectamente arreglado (era importante vestir bien para evitar que los monstruos se lo comieran vivo). Llegó el momento.
Salió a la calle, y allí estaban todos: uno pedía un taxi, otro compraba el Times, otro fumaba un puro, otros dos conversaban acerca del Dow Jones, mientras que otro pasaba frente a un sintecho hablando por su móvil y sin percatarse de su existencia. Todos estaban embutidos en sus trajes de chaqueta, con sus maletines de piel y su mirada prepotente. Quizás a los demás se les escapaba la realidad, pero él lo sabía.
Eran todos unos monstruos.

Ciertamente, no andas muy lejos de la realidad diría yo. El texto está escrito de forma impecable, felicidades, y la verdad es que comparto opinión.
No sé si te has leido un libro de un tal Tom Wolf (creo recordar que escrito así, sin e) llamado ‘La Hoguera de las vanidades’ que tuvo bastante éxito en su momento. Relata la vida de un pez gordo de Wall Street que se ve involucrado en un accidente de tráfico en el que muere un chico negro del Bronx, es bastante interesante y está muy bien escrito, te lo recomendaría y si te pica la curiosidad te lo dejo cuando quieras.
Bueno, voy a hacer francés u.u
1 beso
Alba