#79
Los haces de luz se colaban
por los agujeros de la persiana a
una hora a la que no me apetecía
despertar.
Por la ventana entreabierta -como
mis ojos- los sonidos de la
calle se escurrían, buscando
mis oídos, para terminar
ya con mi interrumpido sueño.
Nunca había llegado a aborrecer
tanto el ruido de la ciudad.
Cuántas veces habré deseado
que, por un momento, se parase
ese ajetreo y sólo quedara
silencio.
Un silencio tan total y
siniestro que me taponara
los oídos y me impidiera
escucharme a mi mismo
respirando.
Cuántas veces habré
deseado también que una noche
toda fuente de luz
artificial se sumiera en un breve coma
de unos diez -o cinco- minutos.
Ello permitiría que todos
observáramos las estrellas en
su máximo esplendor.
He deseado siempre muchas
-quizás demasiadas-
cosas.
Cosas que, por regla general,
no se cumplían.
Hubo tiempos en que mis
deseos fueron del color
de una foto al vacío.
Tiempos ya afortunadamente
pasados y que,
cuanto más los recuerdo, más
lejos me siento de ellos.
Ahora mis deseos son
diferentes.
Presentan otro matiz,
otra saturación, y puedo
ver los resultados a veces
rápidamente.
En estos tiempos que corren,
sigo deseando muchas
cosas diferentes
a las mencionadas anteriormente,
y las diría.
Pero si las dijera, no se cumplirían.

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